Don Arthur y Mr Arturo
El jóven Arturo: -Si estos, me decía, pudiesen encarnarse en dos identidades separadas, la vida se haría mucho más soportable. El injusto seguiría su camino, libre de las aspiraciónes y remordimientos de su gemelo más austero; y el justo podría continuar seguro y voluntarioso por el recto camino en el que se complace, sin tener que cargarse de verguenza y arrepentimiento por culpa del mal ajeno. Es una maldición para la humanidad, pensaba que estas dos incongruentes mitades se encuentren ligadas así, que estos dos gemelos enemigos tengan que seguir luchando en el fondo de una sola y angustiosa conciencia. ¿Pero cómo hacer para separarlos?
Nuestro destino y la carga de nuestra vida, como he aprendido a mi propio costo, están eternamente atados a nuestra espalda: si intentamos liberarnos, los encontramos frente a nosotros de una forma nueva y más insoportable aún.
-No me detendré a relatar las infamias de las que de este modo me hice cómplice, ya que no sabría admitir, ni siquiera ahora que las he cometido yo.
-Entonces sentí que debía elegír una de mis dos personalidades.
Si, preferí al maduro, Don Arthur. el instatisfecho, pero rodeado y animado por honestas esperanzas; dije adiós a la libertad, a la relativa juventud... Pero no había podido liberarme de la maldita duplicidad de mi carácter relegada durante mucho tiempo y ahora tan mortificada, empezó a rebelarse y a reclamar.
Al parecer, al disminuir las energías de mi desición, las de este ser indomable y maligno aumentaban; pero el odio que las separaba era ya de la misma intensidad, Ya conocía en toda su deformidad al ser con el que compartía algunos de los fenómenos de la conciencia y con el que podría coheredar la muerte, pero además del horror y de la tragedia de este lazo, este demonio, con toda su energía vital, ya le parecía algo no solo infernal, sino inorgánico. Esto era lo que más horror me producía: que ese fango pudiese emitir gritos y articular palabras; que ese polvo amorfo gesticulase y pecase; que una cosa muert, una cosa informe, pudiera usurpar las funciones de la vida. Y más aún: que esa insurgente monstruosidad fuese más íntima que una mujer, más propia que un ojo, anidada en mí. Enjaulado en mi misma carne, donde la oi murmurar y luchar para nacer; y que en algún momento de debilidad o en la confianza del sueño, ella pudiese prevalecer contra mi y despojarme de la vida. A este demonio su terror a la horca lo empujaba una y otra vez al suicidio temporal, a abandonar provisionalmente la condición de persona para entrar en el estado subordinado de parte de otro ser. Pero aborrece esta necesidad , aborrece la inercia en la que he caído. Esto explica las burlas simiescas que él empezó a hacerme, quemar mis papeles o destruir el retrato de mi abuelo, incluso creo que si no hubiera sido por el miedo a morir, hace ya tiempo que se habría arruinado a si mismo para arrastrarme en su ruina. Pero su amor a la vida es extraordinario. Y puedo decir más: yo, que me congelo y me horrorizo de solo pensarlo, yo, sin embargo, cuando reflexiono sobre la abyecta pasión de ese apego a la vida, cuando lo veo, desencajado, por la idea de que yo pueda eliminarlo con el suicidio, acabo por sentir piedad por él.
Quizás dentro de media hora, cuando me revista de nuevo, sé que me pondré a llorar y a temblar en mi sillón, o que volveré a psaear de arriba abajo por esta habitación ( mi último refugio en esta tierra) escuchando cada ruido en un paroxismo de miedo, prestando desesperada atención a cualquier sonido de amenaza ¿ Encontrará, en el último instante, el valor de liberarse?. Lo que venga después pertenece a otro. Elijo la vida del infeliz.
Descripción
Para escribir este monologo de un científico al borde de la cordura me base en el famoso libro de Robert Louis Stevenson.
El joven Arturo se encuentra en su habitación hablando solo por los sucesos ocurridos, encontrándose en un estado critico.
Nuestro destino y la carga de nuestra vida, como he aprendido a mi propio costo, están eternamente atados a nuestra espalda: si intentamos liberarnos, los encontramos frente a nosotros de una forma nueva y más insoportable aún.
-No me detendré a relatar las infamias de las que de este modo me hice cómplice, ya que no sabría admitir, ni siquiera ahora que las he cometido yo.
-Entonces sentí que debía elegír una de mis dos personalidades.
Si, preferí al maduro, Don Arthur. el instatisfecho, pero rodeado y animado por honestas esperanzas; dije adiós a la libertad, a la relativa juventud... Pero no había podido liberarme de la maldita duplicidad de mi carácter relegada durante mucho tiempo y ahora tan mortificada, empezó a rebelarse y a reclamar.
Al parecer, al disminuir las energías de mi desición, las de este ser indomable y maligno aumentaban; pero el odio que las separaba era ya de la misma intensidad, Ya conocía en toda su deformidad al ser con el que compartía algunos de los fenómenos de la conciencia y con el que podría coheredar la muerte, pero además del horror y de la tragedia de este lazo, este demonio, con toda su energía vital, ya le parecía algo no solo infernal, sino inorgánico. Esto era lo que más horror me producía: que ese fango pudiese emitir gritos y articular palabras; que ese polvo amorfo gesticulase y pecase; que una cosa muert, una cosa informe, pudiera usurpar las funciones de la vida. Y más aún: que esa insurgente monstruosidad fuese más íntima que una mujer, más propia que un ojo, anidada en mí. Enjaulado en mi misma carne, donde la oi murmurar y luchar para nacer; y que en algún momento de debilidad o en la confianza del sueño, ella pudiese prevalecer contra mi y despojarme de la vida. A este demonio su terror a la horca lo empujaba una y otra vez al suicidio temporal, a abandonar provisionalmente la condición de persona para entrar en el estado subordinado de parte de otro ser. Pero aborrece esta necesidad , aborrece la inercia en la que he caído. Esto explica las burlas simiescas que él empezó a hacerme, quemar mis papeles o destruir el retrato de mi abuelo, incluso creo que si no hubiera sido por el miedo a morir, hace ya tiempo que se habría arruinado a si mismo para arrastrarme en su ruina. Pero su amor a la vida es extraordinario. Y puedo decir más: yo, que me congelo y me horrorizo de solo pensarlo, yo, sin embargo, cuando reflexiono sobre la abyecta pasión de ese apego a la vida, cuando lo veo, desencajado, por la idea de que yo pueda eliminarlo con el suicidio, acabo por sentir piedad por él.
Quizás dentro de media hora, cuando me revista de nuevo, sé que me pondré a llorar y a temblar en mi sillón, o que volveré a psaear de arriba abajo por esta habitación ( mi último refugio en esta tierra) escuchando cada ruido en un paroxismo de miedo, prestando desesperada atención a cualquier sonido de amenaza ¿ Encontrará, en el último instante, el valor de liberarse?. Lo que venga después pertenece a otro. Elijo la vida del infeliz.
Descripción
Para escribir este monologo de un científico al borde de la cordura me base en el famoso libro de Robert Louis Stevenson.
El joven Arturo se encuentra en su habitación hablando solo por los sucesos ocurridos, encontrándose en un estado critico.
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